El libro se atribuye a Sun Tzu, una figura legendaria que supuestamente ostentó el generalato durante la Era de los Reinos Combatientes.
El arte de la guerra es un tratado de estrategia militar y ciencia política. Escrito en una época violenta y convulsa este libro explica de manera sencilla cómo ha de actuar un líder en tiempos de guerra para garantizar la supervivencia de su pueblo. Pero la sabiduría que ofrece no se agota en los campos de batalla y en los despachos de los generales, pues se puede aplicar en cualquier ámbito o circunstancia de la vida cotidiana en el que esté presente la disputa y la competencia. Nos enseña a prevalecer sobre nuestros rivales.
El Arte de la guerra se atribuye a Sun Tzu, una figura legendaria que supuestamente ostentó el generalato durante la Era de los Reinos Combatientes. Lo poco que sabemos de Sun Tzu es lo que el historiador del siglo II a.C. Sima Qian dejó escrito en sus Memórias históricas, que no es más que algunos apuntes biográficos y una anécdota en la que se nos muestra al mítico general entrenando y sometiendo a una dura disciplina a las concubinas del rey de Wu tras haber sido retado por este.
El contexto histórico: una breve historia de China desde sus orígenes legendarios hasta el final de la Era de los Reinos Combatientes.
China es el nombre que dieron los persas al imperio sobre el que reinaba la dinastía Qin en el siglo III a.C. El nombre que los lugareños daban, y siguen dando, a su tierra era muy distinto: “Zhonguó”. Zhonguó significa, literalmente, “País del Centro”. En sus orígenes, dicho País del Centro se configuraba en torno a la cuenca del Río Amarillo, más o menos a la altura de la actual provincia de Henan. Dirigido por los semilegendarios Xia (2207-1765 a.C.) primero y por los, más fácilmente rastreables, Shang (1765-1122 a.C.) después, el País del Centro fue creciendo poco a poco a la par que iba conquistando y sometiendo o asimilando a los reinos, estados, tribus y pueblos que le rodeaban.
Los crueles Shang, recordados hoy en día sobre todo por su afición a los sacrificios humanos, fueron depuestos por una dinastía cuyos orígenes se encontraba en uno de esos estados que posteriormente fueron fagocitados por Zhonguó: los Zhou (1122-256), provenientes de la actual provincia de Shanxi. Los Zhou fueron la dinastía que más tiempo estuvo en el poder: lo ostentaron durante casi mil años.
Los Zhou fueron retratados como gobernantes modélicos por Confucio y sus sucesores y pasaron a la historia como tales. El poder de los Zhou, al igual que el de sus antecesores, era de carácter divino. La religiosidad de la China arcaica se basaba, fundamentalmente, en las prácticas adivinatorias y en el culto a los antepasados, descendiendo el Emperador Zhou del más importante de todos los ancestros: el mismísimo Cielo (Tien). El emperador recibía del Cielo el mandato para gobernar, siendo esto lo que legitimaba y justificaba su poder. Gracias a las funciones sacerdotales del emperador, que era el principal mediador entre el pueblo y lo divino, imperaba la paz y la armonía en Zhonguó.
Un nutridísimo cuerpo de funcionarios asistía al emperador en el ejercicio del gobierno y este a su vez delegaba en familias aristocráticas la gestión de las distintas provincias. Las provincias, conforme iba pasando el tiempo, iban adquiriendo cada vez más y más autonomía, hasta que llegó el momento en el que se convirtieron en principados para pasar, posteriormente, a ser reinos independientes sobre los que los Zhou no tenían ya ningún poder.
Los conflictos entre los nuevos reinos y los Zhou, que conservaban el control de la provincia capital y el título de emperador, no tardaron en surgir, comenzando así la Era de los Reinos Combatientes (453-222). Esto equivalía a doscientos años de guerras ininterrumpidas en las que un puñado de estados se disputaba la hegemonía mientras otros se limitaban a luchar por no desaparecer del mapa.
El arte de la guerra retrata a la perfección el espíritu de este tiempo: una época en la que hay que hacer lo que haga falta para sobrevivir; un periodo en el que el más mínimo detalle puede suponer la supervivencia o la aniquilación de un pueblo… El fin de la era se saldó con la caída de los Zhou y el surgimiento de una nueva dinastía: los Qin que lograron unificar a todo el país bajo su mando.


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